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| Foto: Selección Nacional (twitter) |
Tengo en la retina guardado ese momento épico, esa hazaña
utópica de las que muchos hablaban, esa burla cargada en la espalda por años
que recién la pude soltar hace más de una semana. Siempre tuve fe aunque la
realidad me diga que no era posible, que cómo iba a creer en ellos, si los
“mejores” no pudieron, estos menos. Cargué, desde que nací, esa mochila pesada
de no ver a mi país en el Mundial.
Y es que pese a los fracasos, si algo nos
une pues es el fútbol. Hace una semana y unas horas, viví ansioso ese momento,
recuerdo cada paso que di, cada lugar donde me ubiqué, cada parada donde grité.
Era el único día de desfogue, de decir “Ya basta”, no quería un fracaso más en
la vida, al menos este no. Cumplí cada cábala y decidí “inventar” otras. Me
funcionó.
Un país esperó 36 años, personalmente fueron 19, más de la mitad.
Pero si el sol da para todos, el tiempo también y como consecuencia pues el
tiempo era más lento que nunca. 11 am, 1 pm, 4 pm; todo era Perú en las calles.
Ya no había pesimismo, desde el que apoyó al principio hasta el que se subió al
coche en el camino. Me importa poco si en la barra oficial abracé a algún
patita o flaquita que alentó solo para este partido, me importa poco si al
final de la noche todos estaremos contentos. Sí tenía que pagar el precio del
desgaste, el precio de la angustia, el precio del nerviosismo y llanto a mares;
no voy a dudar en pagarlo. No importa si tuve que cargar una cámara y quedarme
sin batería porque la euforia era enorme y quise retener esos vídeos que eran
sustento de una tarde mágica.
Sentir la vibra de todos los que alentamos esa
tarde y noche con tanta pasión derramada y convertida en sudor pues era la
máxima expresión que no había más que terminar la noche del 15 de noviembre del
2017 con el Mundial en el bolsillo. Cuando llegó el himno fue mágico, lloré
como nunca y lloré más que cualquier soldadito de guerra que da la vida por su
país, y es que sí, yo era un soldadito más pero en otro contexto, en el campo
de batalla, uno verde, en la cancha. ¿No me vieron, no te viste? Pues bueno,
solo lo veíamos y sentíamos cada uno que confió desde el inicio a esta franja,
a esta selección que me ha cumplido el sueño de decir: “Somos Perú, y estamos
de vuelta”.
Escribo esto una semana después y tantito más, me quiebro, debo
confesarlo. Hoy quiero darle gracias a mamá y a papá que me inculcaron y me
permitieron está sana y eufórica pasión llamada fútbol y le doy gracias al
destino porque me dio la suerte en el llanto y el dolor de hacerme peruano. Ese
día sentí que el “zambo” Cavero lanzó una predicción en su canción Contigo
Perú, y es que bien decía “unida la Costa, unida la Sierra y unida la Selva”.
Todos nos unimos, gozamos y deleitamos como Cueva, como en sus mejores años,
tumbó al gigante neozelandés y como no recordar el gol de Jefferson. Un gol que
lo grite desde el corazón. El grito ahogado que vivió por años, el grito que
antes era de lamentos y esa maldita campaña que no nos permitía soñar. Ese
grito va para aquél que sufrió la goleada de Quito o la de Barranquilla o la de
Montevideo, va también para los hostigados y resignados de Santiago de Chile.
Va para quien no creía, va para todos los que decidieron sumarse al final, va
para los que nacieron hinchas, va para quien se fue y no tendrá la suerte de
vernos en el Mundial. Les confesaré que no sé cuánto me cueste pero qué haré
todo lo posible para poder llegar a Rusia, porque ocasiones así no se presentan
en la vida. Soy de la generación que verá a su país en el Mundial. No sé lo que
tendré que vender pero sí sé a dónde quiero llegar. Somos Perú y estamos de
vuelta.


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